Cero amor por la camiseta

La violencia en los estadios chilenos no es una novedad, hace tiempo que las cosas no andan tan tranquilas como pareciera y los últimos hechos sólo ratifican que está lejos de solucionarse el problema.

Que el plan Estadio Seguro del Gobierno no funciona, puede ser. Que los dirigentes se lavan las manos, puede ser. Que el sistema judicial es blando, puede ser. Pero hay otra certeza: quien va al estadio a delinquir no tiene ningún interés por el fútbol y menos por su equipo.

Para un verdadero hincha el estadio es un templo y como tal, es sagrado. Es el lugar donde el pecho se hincha de alegría y donde uno se siente más cómodo que en su propia casa. Es el escenario donde se puede ver una de las cosas que más sentido dan a tu vida: el equipo de tus amores. Pero hay otro tipo de gente que va al estadio, aquel al que no se le paran los pelos cuando el equipo levanta una copa o que no grita un gol con el alma, son aquellos que se escudan en la masa y tienen como fin único la destrucción y violencia, sin importar que sea el equipo, del que según ellos son hinchas, el que salga perjudicado.

Quédense en sus madrigueras y “tírense las bolas” tranquilos sin molestar, dejen el estadio a los que nos gusta el fútbol, a los verdaderos hinchas. Abran las cajas de vinos y fúmense los pitos en sus cuatro paredes y no los estadios de fútbol, que están hechos para el deporte y para disfrutar del deporte más hermoso del mundo. Balbuceen sus canciones frente al espejo y dejen las galerías y tribunas para quienes cantan y saltan con el único objetivo de alentar.

El que es violento en la cancha, aunque vista camiseta azul, blanca, verde, roja, amarilla o rosada y lleve el escudo en el pecho, nunca será un hincha de verdad y hasta un canadiense adicto al hockey sobre hielo vibrará más por el fútbol que él.