La destrucción de la más grande pasión argentina

Mi abuelo llegó a Chile desde su natal Argentina ya hace mucho tiempo, pero a pesar de todos los años en este país, nunca ha dejado de preocuparse por lo que sucede al otro lado de la cordillera. La última vez que lo vi triste, fue cuando la selección Argentina se despidió goleada por Alemania del Mundial de Sudáfrica. Escogió un pañuelo más negro que la noche y se lo puso alrededor de su cuello en señal de luto. Hoy el fútbol nuevamente lo tiene contrariado, pero esta vez no tiene pena, sino mucha rabia de ver como dirigentes y gobernantes sedientos de dinero y poder destruyen su querida pasión.

Cuando hablo con mi abuelo del fútbol argentino, pasión que heredé, su voz comienza inmediatamente a subir de decibeles, llegando a su punto máximo cuando grita ¡Grondona! ¡Dirigentes! ¡Gobierno!. No entiende como pueden destruir tal vez uno de los “patrimonios” más importantes de Argentina y lamenta no poder estar en su país para hacer algo… como si creyera realmente que es posible doblegar a los “tiranos”.

Mi abuelo nació y se crió en el corazón de Buenos Aires, en el barrio de Caballito, es por eso que su corazón es de un verde profundo, por su querido Ferro. El lleva 11 años soñando con la vuelta a Primera, lugar del que nunca debió bajar, pero sus sueños se vieron truncados con el gran invento del Gobierno y de la AFA con juntar ambas divisiones. Yo le dije en tono de broma que subió gratis a la máxima categoría, pero el me responde que estoy equivocado y fueron los 18 de la A los que bajaron, mientras se toca su blanco bigote y baja la vista.

Mi abuelo es más viejo que Grondona, pero está absolutamente mejor de la cabeza. No tiene problemas en reconocer en esa maquiavélica figura al gran responsable de la debacle del fútbol argentino, tanto a nivel de selecciones, como de clubes. Apunta sus dardos a quien no ha soltado el sillón de la AFA por 32 años y es secundado por dirigentes totalmente alineados con él. Sus palabras se echan de menos en las bocas de los presidentes de clubes, jugadores y periodistas deportivos, quienes sólo alegan entre dientes, tal vez por miedo a que alguna vez aparezca una cabeza de caballo entre sus sábanas.

Los fines de semana de mi abuelo ya no son los mismos. Después de un suculento almuerzo y de un fernet de bajativo (sin bebida por supuesto) se sentaba en su sillón para una tarde de fútbol ¡y qué fútbol! uno lleno de figuras, del mejor y más emocionante al que uno puede aspirar. Pero ahora ya no toma fernet y mira en silencio los bodrios que hay cada domingo

Mi abuelo teme que no logre tener la oportunidad de ver nuevamente a su querido fútbol en su máximo esplendor, pero yo le digo que se quede tranquilo, porque el amor por este deporte, que como pocos tienen los de su nacionalidad, alguna vez logrará vencer a quienes caminan entre las sombras y nuevamente tendrá que salir el sol, el mismo que decora la bandera que mi abuelo tanto quiere, en el grandioso fútbol argentino. Aunque él tal vez ya no esté.

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