El autogol de Vidal o el sino del fútbol chileno

CHILE VS ECUADORQue estamos frente a una generación privilegiada de futbolistas, con Medel, Sánchez o el mismo Vidal como estandartes, no cabe duda. A esa columna vertebral, más un par de incrustaciones como Bravo, Díaz, Aránguiz y Vargas le basta para alimentar, con serias intenciones, las esperanzas de ganar algo importante alguna vez en la vida.

Una circunstancia, recordemos que Brasil nos “cedió” su derecho ya que estaban atorados entre el Mundial 2014 y los JJ.OO. de Río de Janeiro 2016; permitió que Chile -no sin dificultades, léase atrasos en la entrega de los estadios, por ejemplo- pudiera ser el anfitrión de esta Copa América 2015.

Otro hecho fortuito, el sorteo, siguió soplando a favor de las aspiraciones de un país ávido de triunfos reales y cansado de triunfos morales. Más aún, esta Copa América bien puede ser vista como una pausa en medio de la seguidilla de escándalos políticos y económicos que tienen a la máxima autoridad de la república con niveles históricos de desaprobación.

El fútbol, una vez más, se convertía en, si me permiten aquella manida frase, “el opio del pueblo”.

Sin embargo, no fue así. No hasta el momento de escribir estas líneas por lo menos, obviamente.

Arturo Vidal, el mismo que hace un par de semanas jugaba la final de la Champions en Berlín, el mismo que descolla en el fútbol italiano, el mismo que se ha convertido en referente futbolístico y publicitario de toda una generación, el autodenominado Rey, se comportó como el más plebeyo de los plebeyos.

En circunstancias que más o menos todo el país informado conoce, Vidal protagonizó un accidente de tránsito a bordo de su Ferrari de 160 millones de pesos, en plena carretera (Acceso Sur) a escasos minutos de que se venciera el plazo impuesto por el entrenador, para regresar de su “tarde libre”.

Los hechos alcanzan ribetes escandalosos si consideramos el video grabado prácticamente después de los hechos (“espósame, pero te vas a cagar a todo Chile”, es la frase para el bronce) o si tenemos en cuenta la explicación del mismo jugador una vez que fue detenido por carabineros (“no fue culpa mía”, dijo con tono evidentemente etílico). En fin.

El reallity Vidal tuvo a medio Chile pendiente, era que no, de los detalles morbosos del caso. Su traslado a tribunales, su comparecencia ante el juez y su posterior traslado a Pinto Durán (Tinto Durán, leí por ahí) pareció un verdadero vía crucis que terminó con el emotivo y lloriqueado arrepentimiento culposo teñido de arenga, con un semi juramento de ganar la copa, acto que como todo gran número que se precie de tal, contó con la participación de un telonero de lujo como el mismísimo Sampaoli, quien le reabrió las puertas del reino, acogió al hijo pródigo y sumó a la oveja negra al rebaño. Digno de aplausos.

Mientras, en la vereda del frente, nosotros; los hinchas. Hay de todo, desde fanáticos que fueron a la comisaría o a los tribunales a “hacerle el aguante” al ídolo, al héroe caído; hasta quienes lincharían a Vidal en la Plaza de Armas o en el mall de turno, para estar más de acuerdo con los tiempos.

Yo por lo menos, soy de los que cree que hemos desaprovechado una oportunidad histórica para sentar un precedente y dar una señal firme y potente de disciplina y mínimo compromiso con los objetivos e ideales del grupo. Sin embargo, es válido preguntarse por qué sería esta la excepción si antes no se actuó así frente a otros escándalos como las luces rojas de Pajarito Valdés, el Cucutazo, el Puerto Ordazo, el bautizazo y así, una serie de bochornos que tienen como denominador común, jugadores de la selección absoluta de fútbol.

Están por verse las consecuencias de todo esto. Preliminarmente me inclino por creer que todo esto (más allá de los tweets de apoyo de sus compañeros y amigos que, oh, casualidad, comparten el mismo representante) marcará un quiebre al interior del camarín que, paradójicamente, puede servir para alcanzar la tan mentada Copa América.

Ojalá no sea así, ojalá perdamos (y ojalá en la final), a ver si de una vez por todas aprendemos, aunque ello nos duela por muchos años, a anteponer los intereses superiores por sobre los individuales. Nadie, ni siquiera Arturo Vidal, está por sobre las ilusiones o las ganas del resto de sus compañeros, ni, mucho menos aún, por sobre las esperanzas de un pueblo.

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