Cuando la supuesta pasión nubla nuestro accionar como hinchas

Desgraciadamente llegué a Londres algunos días después del último partido amistoso entre Inglaterra y Chile (noviembre de 2013). Por ello, a compatriota que veo en tierras londinenses lo interrogo sobre cómo se vivió aquella jornada.

La “Marea Roja británica” -y de otros países cercanos- llegó masivamente al estadio de Wembley; nuestra Selección Nacional regresaba al mítico recinto inglés después de casi 16 años (anteayer fue el aniversario oficial) desde aquel imborrable partido preparatorio para Francia 98’, en que la escuadra nacional se impuso con 2 goles de Marcelo Salas (incluyendo esa fenomenal anotación que tuvo a José Luis Sierra como socio perfecto).

Mis preguntas sobre la versión 2013 no han estado enfocadas en la actuación descollante de Alexis Sánchez –que siguiendo el ejemplo de uno de sus ídolos futbolísticos también se inscribió con las 2 pepas del triunfo- y en la performance del equipo, principalmente porque los detalles estuvieron bien registrados por la TV. Esta vez, lo más atractivo para mí estaba fuera de la cancha.

Indudablemente a muchos chilenos les extrañó eso de poder beber cerveza sin problemas –“legalmente”- al interior del estadio (aunque no era una opción muy económica) y también el orden que reinaba en todo el recinto: escaleras despejadas, guardias velando por la seguridad y un acceso expedito, entre otros aspectos relevantes.

Quizás el momento más emotivo –y cómo no- fue cuando se entonó la canción nacional. Los ingleses la siguieron con respeto y los chilenos la cantaron a todo pulmón. También había un buen número de latinos viendo el partido y apoyando a Chile, a pesar de que sus hijos –nacidos y criados en Inglaterra- alentaban a la escuadra europea.

De acuerdo con lo que me han narrado, durante los 90 minutos en la sección roja del estadio se vivió un ambiente marcado por la “picardía del chileno”, con buenas tallas y una fina dosis de nuestros dichos más populares. Sin embargo, también hubo de lo otro; algunos pifiaron el himno inglés o lanzaron cometarios derechamente desubicados amparados en la “barrera” del idioma o la muchedumbre, algo que se acrecentó cuando ya había claridad de la “segunda” victoria al hilo a  domicilio (aunque con varios años de diferencia).

Sin embargo, el testimonio de una pareja de chilenos resaltó algo que pocas veces se ve en nuestros recintos deportivos. Al finalizar el partido, los ingleses que estaban en los puestos de adelante se dieron vuelta para felicitarlos por la victoria y desearles suerte en el Mundial de Brasil 2014. Plop! Sin duda, para ellos eso fue lo más extraño de toda esa ida al estadio.

Si nos acostumbramos a insultar o agredir al rival –incluso con un “inocente bullying”- para demostrar la supuesta pasión por nuestro equipo, simplemente hemos perdido la proporción de las cosas. Cuando en el Estadio Nacional –o Monumental- se abuchea el himno de un país vecino, o cuando se utilizan apodos racistas y creemos que “es parte del fútbol” o “de las cosas del fútbol”, sencillamente estamos liquidados. Ni hablar de saludar a la hinchada rival si el equipo de nuestros amores -o la Roja de Todos- se llevó una derrota desde el campo de juego.

“El que esté libre de pecado que tire la primera piedra”; todos hemos caído –en mayor o menor medida- en las malas prácticas futboleras impulsados por “la pasión del momento” o “la corriente de la multitud”; lo importante es que no pase como algo “normal” y que, ojalá, no se repita.

Lo que pasa en los estadios es un fenómeno social mucho más profundo y que, como tal, se refleja en el fútbol. Los europeos también han registrado episodios recientes marcados por racismo y violencia; están varios pasos adelantados respecto a la realidad latinoamericana, pero no están ajenos de los males que afectan a sus sociedades.

En Chile siempre remarcamos lo poco o nada que se ha avanzado en erradicar la violencia de los estadios (sin ir muy lejos tenemos lo que ocurrió en Quillota en el partido S. Wanderers-U. de Chile); increpamos fuertemente a las autoridades de turno y a los dirigentes, pero pocas veces lanzamos los dardos en nuestra contra. Como hinchas –en el amplio espectro de la palabra- podemos y debemos marcar la diferencia. ¿Es iluso o utópico? Quizás sí, pero sólo así se podrá respirar un mejor ambiente en los estadios y no nos veremos sorprendidos cuando, por ejemplo, un rival nos felicite por los logros deportivos de los colores que amamos.

Mucho de lo que hoy es normal (violencia y poca tolerancia, por ejemplo) debemos transformarlo en algo poco usual (contadas excepciones ojalá); mientras que lo que hoy está prácticamente ausente (principalmente respeto por los demás, empatía y ser un buen perdedor), hay que establecerlo como algo común y corriente. Ojalá podamos sacar esa falsa pasión –si se puede llamar así- estúpida que mucha veces nubla nuestro accionar como hinchas y, especialmente, como personas.

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