Columna Cruzada: Autogol

Es curioso, pero así es el destino y el guionista quiso que las cosas fueran así. La misma semana que falleció Renato Vicencio (un pequeñito hincha cuya enfermedad conmovió a todos quienes compartimos el amor por la franja cruzada y quien motivó una serie de campañas en Twitter y actos de beneficencia para recaudar fondos), un día después de su lamentable deceso, un grupo de “hinchas” (nótese el uso de comillas) marcó un hito, un lamentable precedente, en la relación de la barra con los jugadores y el plantel.

“Pongan huevo cagones. Los Cruzados Barra Brava” rezaba el lienzo de marras cuyo despliegue fue acompañado por el lanzamiento de huevos y de fuegos artificiales, es decir, un abanico amplio de posibilidades para que la gente de Estadio Seguro, la Intendencia, Carabineros o quién sea, se dé un gustito suspendiendo a San Carlos de Apoquindo, nuestro estadio. Insólito.

A esas alturas, Católica le ganaba 1-0 a Iquique con gol de Ramos (resultado que se mantuvo hasta el final del partido) y aunque no fue una muestra excelsa de fútbol ni mucho menos, sirvió para retomar la pelea por el campeonato y hacerle sombra, lejana y quizás hasta inmerecida, a Colo Colo.

Desde un tiempo a esta parte, la barra (para denominar bajo ese genérico al grupo que se ubica debajo del marcador extendiéndose hacia los costados de la tribuna Mario Lepe) ha sufrido una transformación de evidentes influencias argentinas, pero de sus peores costumbres.

Personalmente, creo que lo del jueves fue un exceso. Una protesta tan inoportuna como gratuita y, además, equivocada. Si por algo perdimos las tres finales de 2013 no fue por falta de huevos precisamente. Muy por el contrario, el ímpetu descontrolado, la sobrevaloración de elementos pasionales por sobre los racionales y hasta deportivos, netamente futbolísticos, estimo, nos dejaron sin el título del Apertura (perdimos el partido clave contra UE), sin la final del Clausura (perdimos feo en Antofagasta y con O’Higgins) y sin la final de la Copa Chile (la expulsión de Sepúlveda fue demasiado determinante).

Para los protestantes, lo que digan los jugadores (la reacción del Huaso Álvarez como capitán del equipo fue para aplaudirla de pie), la prensa o el resto de los hinchas del fútbol les debe dar exactamente lo mismo. Incluso menos.

Episodios como este deben marcar un precedente para que este tipo de personajes sean definitivamente aislados del club, de la barra y de todo lo que nos represente. Hay muchas maneras de expresar el descontento, tanto o más creativas que la que usaron. De hecho, está bien reclamar y expresarse. Lo que no me parece bien es hacerlo injusta e impersonalmente (¿Qué culpa tiene Bottinelli por ejemplo, en todo esto?).

La manera cómo se desarrolle el conflicto de aquí en adelante será un buen indicador para saber los alcances de este equipo en el más amplio sentido de la palabra. De todos nosotros depende engrandecer al club, hacerlo más prestigioso y digno. Algo que se aleja mucho después de lo sucedido aquella lamentable noche en San Carlos.

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